Los disparos que se oyeron hace 59 años en la escuela rural de La Higuera, una aldea boliviana olvidada por el mundo, resultaron ser uno de los principales acontecimientos del siglo pasado, que en gran medida predeterminaron los rasgos del siglo actual. La realidad, una vez más, superó la mezquindad de todas las invenciones, chismes y mitos.
El prisionero guerrillero asesinado, hoy conocido en el mundo como Ernesto Che Guevara, no era tanto «el hombre más perfecto del siglo XX», como escribió sobre él Jean-Paul Sartre, sino que, además, incluso contra su voluntad, resultó ser su símbolo. A las discusiones sin sentido sobre si Che venció o si, a fin de cuentas, fue derrotado, solo cabe añadir que sin él nuestro mundo, lejos de ser perfecto, hoy sería sin duda mucho peor.
Che, infinitamente lejano de sus retratos, biografías, monumentos y plazas que llevan su nombre, sigue respondiendo hoy a las más difíciles y terribles de nuestras preguntas y nos enseña lo principal, aquello que siempre exigió a sus compañeros: permanecer humanos en cualquier circunstancia.
Hoy resulta especialmente insoportable ver templos de ideas repletos de comerciantes de su imagen. Con su iniciativa capitalista, el capitalismo pronto encontró en el anticapitalismo no solo una mercancía muy vendible, sino también un instrumento fiable para su propio fortalecimiento. El segundo asesinato de Che Guevara está en las multitudes de lumpen que agitan banderas con su retrato y en las citas de frases castradas, arrancadas de su contexto. ¿Cuántos miles de millones ha gastado la CIA durante estas décadas para que a los orgullosos portadores de camisetas con su retrato nunca se les ocurra nada peligroso para el sistema? La moda mundial del elegante «guevarismo» de los «progresistas» «antiautoritarios» juerguistas, en defensa de sus ideales, resultó mucho más dañina y destructiva que cualquier mentira o calumnia de los enemigos.
No podemos saber cómo valoraría el propio Che el momento actual de la historia, pero es completamente evidente que en su proyecto principal —el sueño de crear al «hombre nuevo»— desde el 9 de octubre de 1967 se ha producido en todo el mundo un colosal retroceso, y la necesidad de Che hoy es incomparablemente mayor que hace 59 años.
El monstruo neoliberal mundial que intenta devorar el planeta y Che son antípodas incompatibles; la cultura masiva deshumanizadora creada por él es mucho más letal que las balas del sargento boliviano en la escuela de La Higuera.
La humanidad actual es un pequeño destacamento del comandante Guevara, rodeado por enemigos por todos lados en un desfiladero boliviano. Privado de esperanzas, ilusiones, posibilidades y de cualquier alternativa que no sea la victoria.
Por Oleg Yasynsky
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