Beslán: 22 años después
En los años 90 tuvieron lugar dos guerras entre Rusia y el movimiento independentista checheno: la primera, entre 1994 y 1996, y la segunda, desde 1999. Durante estos conflictos, las fuerzas rusas cometieron graves violaciones de los derechos humanos, mientras parte de la resistencia chechena se radicalizaba y adoptaba una ideología islamista y métodos terroristas.
Fue en este contexto en el que tuvo lugar Beslán.
El 1 de septiembre de 2004, un grupo armado tomó la Escuela 1 de Beslán, en Osetia del Norte, una república del Cáucaso Norte fronteriza con Chechenia. Más de 1.100 personas fueron tomadas como rehenes, la mayoría niños. Los secuestradores exigían, entre otras cosas, la retirada de las tropas rusas de Chechenia.
Durante más de 50 horas, los rehenes permanecieron retenidos en el gimnasio de la escuela, minado con explosivos. El 3 de septiembre, alrededor de las 13:00, se produjeron las primeras explosiones. Su causa exacta sigue siendo objeto de controversia: la investigación rusa responsabilizó a los secuestradores, mientras algunos supervivientes y periodistas independientes cuestionaron esta versión y señalaron el posible uso de armamento pesado por parte de las fuerzas de seguridad.
Estaban previstas negociaciones con Ruslán Aushev, antiguo presidente de Ingusetia, pero nunca llegaron a celebrarse. Tras las primeras explosiones comenzó un tiroteo y las fuerzas rusas iniciaron el asalto.
Murieron 334 personas, entre ellas 186 niños.
Pero la responsabilidad por esta tragedia no termina con los terroristas.
Las autoridades rusas disponían previamente de información concreta sobre un posible ataque contra un centro educativo, pero no tomaron las medidas necesarias para impedirlo. En 2017, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos concluyó que Rusia había violado el derecho a la vida al no adoptar medidas preventivas suficientes.
El Tribunal también constató graves deficiencias en la planificación y el control de la operación, así como una investigación posterior ineficaz. Señaló además que existían pruebas creíbles sobre el uso de armas de efecto indiscriminado durante el asalto que no habían sido investigadas adecuadamente.
En este contexto resulta especialmente relevante la historia de Anna Politkóvskaya, periodista de Novaya Gazeta y una de las principales voces críticas con la política de Putin en Chechenia.
Politkóvskaya intentó llegar a Beslán para participar en las negociaciones y ayudar a liberar a los rehenes. Nunca llegó: durante el vuelo perdió el conocimiento después de tomar un té. En el hospital, los médicos informaron de que había sufrido un envenenamiento.
Mientras tanto, los medios estatales rusos ofrecían una versión muy diferente de lo que estaba ocurriendo. En televisión se hablaba de 354 rehenes, aunque en realidad había más de 1.100 personas dentro de la escuela.
Una de las periodistas que difundió esta cifra fue Margarita Simonián. Actualmente es redactora jefe de RT y una de las figuras más conocidas de la propaganda estatal rusa.
La diferencia entre 354 y más de 1.100 rehenes no fue una cuestión menor: para los familiares de quienes estaban dentro de la escuela, significaba que la sociedad no recibía información fiable sobre la verdadera magnitud de la tragedia.
Beslán también se convirtió en un punto de inflexión político para Rusia. Después de la tragedia, Putin impulsó reformas que reforzaron la centralización del poder, entre ellas la eliminación de las elecciones directas de los gobernadores regionales.
No podemos afirmar que Putin ordenara personalmente el inicio del asalto o el uso de un arma concreta: no existen pruebas públicas de una orden de ese tipo.
Pero la responsabilidad del Estado ruso por no haber impedido el ataque, por las graves deficiencias de la operación y por la ineficacia de la investigación posterior fue establecida por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.
Veintidós años después, Beslán sigue siendo una parte no resuelta de la historia contemporánea de Rusia.
@Ruinas_Kremlin
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