Mataron al hombre; no pudieron fusilar su ejemplo
8 de octubre de 1967. En la Quebrada del Yuro, Bolivia, Ernesto Che Guevara cayó herido en combate y fue capturado por el Ejército boliviano. La persecución no era una operación aislada: Estados Unidos había intervenido en la preparación de las fuerzas contrainsurgentes bolivianas, mientras la CIA participaba directamente en la búsqueda del guerrillero que Washington consideraba una amenaza para sus intereses en América Latina.
El Che fue trasladado a una pequeña escuela del poblado de La Higuera. Allí permaneció prisionero hasta el día siguiente, cuando el alto mando militar boliviano obedeciendo la orden del imperio ordenó ejecutarlo. El 9 de octubre de 1967, un sargento boliviano apretó el gatillo. Sin juicio, desarmado y bajo custodia militar, el Che fue asesinado.
Creyeron que bastaba con eliminar al hombre para sepultar sus ideas. Que un cadáver podía cerrar el paso a la rebeldía y que la cobardía mercenaria podía dictar sentencia sobre la historia.
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