Los abyectos de la telebasura se entretienen riéndose de una anciana a la que van a desahuciar (desalojar). Qué ingenio. Qué valentía. Desde un plató con aire acondicionado, café gratis y sueldo a fin de mes, estos lacayos televisivos del capital descubren que la miseria ajena es un filón cómico. Y lo hacen público, con risas de bobos, como si el desalojo de una viejita fuera un chiste de sobremesa.
España y Chile, mismo libreto: convertir al pobre en meme, el desahucio en sketch y el sufrimiento ajeno en audiencia, en negocio. Es el vaciamiento cultural de siempre, pero con luces LED. No es humor: es clasismo con micrófono. No es opinión: es humillación industrial.
El espectro digital, ese espacio que en teoría es de todos, se concesiona al mejor postor. Y el mejor postor resulta ser siempre el mismo: el poder económico que ya controla el resto. Esa clase dominante que históricamente se ha reído del pueblo. Por eso sus mercenarios se burlan: para recordarnos quién moldea la llamada "opinión pública".
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