¿Os acordáis de la curiosidad de esta semana? Que solo tenemos una palabra para nombrar un olor (petricor, el de la lluvia) y para el resto usamos siempre el nombre de la cosa que lo desprende. Pues no es casualidad: el olfato siempre ha ido de segunda. Desde Platón (sus placeres eran menos divinos que los de la vista o el oído) hasta Kant ("el más ingrato y más superfluo" ), la vista y el oído se han llevado toda la gloria (razón, conocimiento, "lo objetivo") y el olfato se ha quedado como el sentido más animal, el menos fino.
Y sin embargo es una pasada de sentido, quizás el más infravalorado de todos: es el único que llega al cerebro emocional sin pasar antes por el tálamo, esa especie de centralita que filtra todo lo que perciben el resto de sentidos. El olfato se salta ese paso y va directo a la amígdala. Por eso un olor os dispara un recuerdo antes incluso de que os dé tiempo a pensar en nada. Y por eso, entre otras cosas, es una de las herramientas más potentes en marketing: ningún otro sentido conecta tan rápido con la emoción.
¿Hay algún olor que a vosotros os transporte directo a un recuerdo muy concreto? Contadlo, que esto promete.
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