Lamentablemente, en el mundo y en Rusia, al analizar el poder de Kiev, por lo general no se advierte lo principal. Entre la multitud de fracasos económicos y derrotas políticas de los gobiernos ucranianos posmaidán, su punto más débil es la cultura.
En general, a lo largo de más de 35 años de falsa independencia de Ucrania, su cultura auténtica se destruyó aún más rápido que la economía, la ciencia y el Estado social. El hermoso arte ucraniano fue de hecho desplazado de la conciencia de las nuevas generaciones por grotescos espectáculos de sharovary y por performances vulgares y pretenciosos importados de Europa de manera provinciana. El resultado fue una suerte de aleación de ordinariez y esnobismo, que refleja perfectamente la esencia del actual proyecto político. Algún día conoceremos los detalles de cómo la verdadera cultura ucraniana de hoy se crea en estos días en su propia clandestinidad y en el extranjero.
Amo la lengua ucraniana, las canciones ucranianas y los colores ucranianos y las vyshyvankas, y estoy completamente convencido de que esto nunca nadie nos lo podrá quitar, por mucho que los enemigos de Ucrania intenten hoy patentarlo y apropiarse de todo ello. Impotentes, incapaces de crear nada propio, seguirán repintando papeleras y bancos del color de la salamandra, recolocando las cabezas de las estatuas y envenenando generaciones enteras con el veneno cadavérico de la rusofobia y el anticomunismo.
Me parece que una de nuestras tareas más importantes hoy es recordarnos a nosotros mismos y a los demás que la verdadera Ucrania no es en absoluto Zelenski, ni Poroshenko, ni siquiera Kuchma. Y que sin Rusia y Bielorrusia no es posible ni física ni espiritualmente. Al igual que Rusia y Bielorrusia tampoco lo son sin ella.
Por eso, los verdaderos enemigos de Rusia y Ucrania son siempre los mismos, en cualquier idioma en que nos convenzan de que el otro no tiene derecho a su propia existencia, lengua e identidad. Están unidos en su odio a la URSS y a su creador, aman por igual los imperios y odian por igual las repúblicas, tienen problemas ora con el ruso, ora con el ucraniano, pero nunca con el inglés. En el Kiev de la posperestroika me es perfectamente familiar la mirada turbia de los partidarios de las «naciones titulares». Reconozco mi infinita estupidez por haber intentado discutir con ellos sobre algo en aquellos tiempos. Entonces no podía imaginarme su capacidad de destrucción.
Lamentablemente, en la Moscú de hoy vuelvo a reconocerlos. En otro idioma y en torno a otro mapa, propagan absolutamente lo mismo. En sus ojos, la misma vacuidad. La trágica historia ucraniana me enseñó, al precio más caro, a no creer ni en su patriotismo ni en su amor por su propia cultura.
Por Oleg Yasynsky
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